Santos
 

Santos

Una de las primeras “casualidades” que comenzaron a aparecer como balizas de un proyecto de vida, más que un proyecto turístico, fue el haber reencontrado a Santos.

Allá por junio de 1998, cuando estábamos terminando las tareas de refacción de la hostería y empezábamos a vislumbrar las necesidades de personal para atender la hostería que imaginábamos en la finca Santa Anita.

Empezamos a preguntar por gente que reuniera ciertas condiciones. Yo en ese entonces era Presidente de la Delegación de la Cámara del Tabaco de Coronel Moldes, allí la eterna Secretaria, Mary Esther me recomendó una persona especial que reunía las condiciones del perfil que le había detallado para trabajar en la Hostería: guapa, sin horarios, que sepa de las tradiciones y cosas y comidas típicas de la zona (preparación de chicha , aloja, locros y empanadas) , que necesite trabajar y sobre todo que sea amable y buena persona.

Me comentó que tenía la persona ideal para aquel trabajo.

Unos días después, llego a la finca la persona recomendada. Sin saber porque, la empatía fue inmediata.

Le mostré la casa en su totalidad. Estaba en un estado calamitoso pues los albañiles aún continuaban trabajando en las modificaciones. La casa tiene cientos de metros cuadradors de pisos y 8 habitaciones, 8 baños y dos galerías enormes y dos comedores y cocina enormes. La tarea no era Fácil. Y aquella diminuta persona no se achicaba ante la inmensidad del trabajo.

Cuando le dije las condiciones, sin dudar me contestó que aceptaba y que quería comenzar en ese momento.

Solo ante su insistencia le dije que sí, ya que no sabía ni donde estaban los elementos de limpieza.

Cuando cerramos trato, le pregunté su nombre, Suavemente me dijo Isabel y cuando me estaba retirando a seguir trabajando, me dijo: me dicen Santos.

El trayecto que camine hasta el escritorio fue un viaje al pasado, los recuerdos fluyendo en tropel a mi memoria. Sentado en el escritorio no podía creer las vueltas de la vida. Parecía increíble que hubieran pasado casi treinta años.

Volví a buscar a Santos que ya había puesto manos a la obra en la cocina. Cuando me vio aparecer ella ya sabía a qué venía. Yo casi no podía hablar cuando le dije, más que preguntarle: “mi abuelita había criado una niña que se llamaba....”

No me dejó terminar, “soy yo”, me dijo y lo natural fue confundirnos en un abrazo sellado por lágrimas.

Habían transcurrido 27 años desde que falleció mi abuelita, cuando yo tenía 11 años y nunca más había visto a Santos, con quien había compartido hermosos momentos de mi infancia. Nunca supe de donde era ella, ya que en ese momento, casi 30 años antes, vivíamos en la Ciudad de Salta.

Pero no la había olvidado